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miércoles, 15 de febrero de 2017

`MATAR DE HAMBRE´ A LA BACTERIA DE LA TUBERCULOSIS ES LA CLAVE PARA ACABAR CON LA ENFERMEDAD

El bacilo de la tuberculosis depende exclusivamente de los lípidos almacenados en los macrófagos para conseguir la energía que requiere para colonizar el organismo. La tuberculosis es una enfermedad infecciosa causada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis que solo en 2015 fue responsable de cerca de 1,8 millones de decesos en todo el planeta.

De hecho, y si bien su tasa de mortalidad asociada se ha reducido en hasta un 47% desde 1990, la tuberculosis constituye la enfermedad infecciosa más letal de la actualidad. 

Un hecho que se explica, entre otras razones, por la capacidad de la micobacteria de desarrollar resistencia a los antibióticos. Tal es así que los investigadores están buscando otras vías distintas de la antibioterapia para combatir la enfermedad. Y en este contexto, investigadores de la Universidad de Ginebra (Suiza) podrían haber hallado una forma de debilitar a la bacteria. Y exactamente, ¿cómo? Pues simplemente, haciendo que pase hambre.

Concretamente, el estudio, publicado en la revista «PLOS Pathogens», constata la gran dependencia energética que tiene la bacteria de la tuberculosis de los lípidos para poder salir de su estado de latencia y conquistar el organismo. Un aspecto que revela que, ante la cada vez más patente falta de eficacia de los antibióticos, la clave para erradicar la enfermedad podría encontrarse en la restricción del acceso a los lípidos por la micobacteria.


En humanos o en peces

Lo primero que hicieron los autores fue analizar los mecanismos que permiten a la micobacteria reproducirse, expandirse y sobrevivir de forma latente dentro de los macrófagos –esto es, las células especializadas del sistema inmune encargadas de la fagocitosis de los ‘cuerpos extraños’, en este caso de M. tuberculosis– de los pulmones. Y para ello, utilizaron un modelo celular muy similar a los macrófagos humanos: una ameba del género Dictyostelium, a la que infectaron con la bacteria M. marinum que causa la tuberculosis en peces.

Como indica Caroline Barisch, co-autora de la investigación, «infectamos la ameba con un patógeno que se comporta de una forma similar al bacilo de la tuberculosis, lo que implica que podíamos ser capaces de utilizar nuestro sistema sencillo y éticamente responsable para llevar a cabo experimentos que no pueden realizarse en los seres humanos».

En este contexto, distintos estudios previos ya habían mostrado que la bacteria M. tuberculosis utiliza los lípidos como energía para reproducirse, expandirse y sobrevivir. Pero, ¿de dónde saca estos lípidos? Pues se encuentran, cual gotas, flotando en el citoplasma de los macrófagos. Un aspecto muy a tener en cuenta dado que sin su fuente de energía, la bacteria no puede mantenerse latente y esperar una debilidad del sistema inmune para ‘despertarse’ e invadir el organismo. Y más aún cuando se atiende a que hasta un 30% de la población mundial está infectada por una forma durmiente del bacilo de la tuberculosis.

Entonces, ¿qué pasa cuando se eliminan las gotas lipídicas presentes en los macrófagos? Pues cabría esperar que la bacteria, totalmente desprovista de sus fuentes de obtención de energía, acabara muriendo. Sin embargo, el nuevo estudio demuestra que no es así. El bacilo todavía tiene un as en la manga.

Como explica Thierry Soldati, director de la investigación, «lo que descubrimos en nuestro trabajo es que la micobacteria puede ‘reprogramar’ la célula infectada para desviar y atraer todas las reservas lipídicas de la ameba, de las que acaba alimentándose. Y no se trata solo de las gotas lipídicas, sino también de las membranas».

Es decir, una vez se eliminan las gotas lipídicas, la bacteria compensa su falta de combustible extrayendo los lípidos de la membrana de la célula huésped –ya sea la ameba, como en este estudio, o los macrófagos de los pacientes humanos infectados.

Hambruna tuberculosa

En definitiva, el estudio confirma la importancia crucial que tiene la dieta lipídica para la supervivencia de la micobacteria. Un descubrimiento que abre la puerta a nuevas formas de tratamiento para aquellas cepas que ya han desarrollado resistencia a los antibióticos.

Como concluye Caroline Barisch, «ahora sabemos que el bacilo es extremadamente ‘adicto’ a esta comida rica en grasas. Así, nuestro propósito es encontrar una manera de matar de hambre a la micobacteria al privarla del acceso a los lípidos almacenados en nuestros macrófagos. El objetivo será actuar sobre los enzimas de la bacteria y anular su capacidad de absorción de lípidos».

FUENTE: ABC

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