RanaMundo

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jueves, 3 de noviembre de 2016

GUERRA CONTINUA CONTRA EL ENEMIGO INVISIBLE

La humanidad se ha enfrentado a lo largo de su historia a virus y bacterias que la han diezmado y han puesto en jaque su supervivencia. Ahora, la globalización y el cambio climático favorecen que los patógenos salten de un extremo al otro del mundo en horas y que sean capaces de provocar rápidamente una epidemia. Ha sido la última gran alarma epidémica global.

“Estoy valorando no ir a los Juegos Olímpicos por el zika. Espero que tanto los comités olímpicos como las organizaciones de salud informen al 100% de los riesgos”, afirmaba Pau Gasol en primavera, coincidiendo con la publicación de una carta abierta a la Organización Mundial de la Salud (OMS), a la que se adhirieron más de 200 científicos de todo el mundo, y que aconsejaba postergar los JJ.OO. o trasladar su sede de Río.

Los científicos alegaban que se podría acelerar la expansión internacional del virus –presente entonces en unos 60 países–, que provoca microcefalia y otros problemas graves de desarrollo en los fetos. Se trataba de una cuestión de salud global, pues se temía que el medio millón de personas que se esperaban en la celebración deportiva pudiera favorecer la llegada de la infección a zonas como el hemisferio norte. En la cuenca del Mediterráneo, por ejemplo, no hay Aedes aegypti, el mosquito que transmite el virus del zika (se ha detectado puntualmente en Madeira y en el mar Negro), aunque desde hace años sí está su primo hermano, el Aedes albopictus, el mosquito tigre.

Al final, Gasol fue a los JJ.OO. y estos se celebraron según lo previsto (tras adoptar medidas para reducir el riesgo de contagio) y la infección del zika –hoy ya detectada en 73 países– parece haberse circunscrito sobre todo a América Central y del Sur (casi un millón de casos y más de 2.000 de síndrome congénito) y a la zona del sudeste de Asia-Pacífico, según datos de la OMS hasta octubre. No ha habido la temida pandemia.

En la película Contagio (2011), dirigida por Steven Sonderbergh, y protagonizada por Matt Damon, Jude Law, Kate Winslet y Gwyneth Paltrow, se planteaba un escenario plausible: una ejecutiva regresa de un viaje de negocios en Hong Kong contagiada por un virus desconocido para el que no existe ni tratamiento ni cura y que acaba ocasionando la muerte de 26 millones de personas en todo el mundo en pocos meses. En Estallido (1995), Dustin Hoffmann interpreta a un virólogo que se enfrenta a un virus similar al ébola, que salta de África central a EE.UU., donde causa estragos, a través de una mona infectada. Y en 12 monos (1995), de Terry Gilliam, o en 28 días después (2002), de Danny Boyle, también una pandemia amenaza con acabar con la humanidad.

“En las películas siempre exageran un poco aunque la base científica es real”, afirma Daniel Closa, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de Barcelona. Y prosigue: “Siempre hemos estado en guerra con los microbios; nuestros abuelos se morían de tuberculosis o de viruela y tenían claro que las enfermedades infecciosas eran un problema grave. Ahora creemos que les hemos ganado y no es así. Los microorganismos están en el medio ambiente y tenemos antibióticos con los que luchar contra las bacterias, pero no antivíricos”.

Es complicado combatir algo que forma parte de nosotros: por cada célula humana tenemos 10 microorganismos, sobre todo, bacterias aunque también virus. De hecho, “nuestro mundo está hecho más de microbios que de personas”, señala Antoni Plasència, director del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal). Por tanto, resulta imposible evitar el contacto con estos organismos, algunos de los cuales pueden resultar letales para el ser humano. “Los virus son capaces de introducirse en el ADN de las células, por eso cuesta mucho matarlos sin matar también a nuestras propias células”, indica Closa.

A eso se suma que el mundo es cada vez más pequeño en lo que a patógenos y enfermedades se refiere. Viajan con nosotros, los paseamos por el planeta sin ni tan siquiera ser conscientes. Un ejemplo es el brote de chikungunya (una enfermedad vírica transmitida por mosquitos que provoca fiebre, fuertes dolores articulares y de cabeza) que se desató en Asia en el 2007 procedente de África.

“Antes, si una persona infectada salía de la isla de Lamu, en Kenia, que es donde se originó este brote de chikungunya, debía cruzar el océano Índico para llegar, 5.000 km después, a India. Un trayecto tan largo daba tiempo a que la persona muriera o sanara; hay que pensar que la capacidad patogénica del virus dura unos seis días”, explica José Muñoz, jefe del servicio de medicina tropical del hospital Clínic de Barcelona e investigador de ISGlobal.

Pero la globalización, el tránsito marítimo y aéreo, rápido, frecuente, de personas entre un continente y otro permitió que el virus arribara en menos de 24 horas al continente asiático, donde produjo más de dos millones de afectados. “Es muy difícil controlar esos patógenos cuando nos movemos tan rápido de un lado a otro y ellos con nosotros”, apunta este médico.

La mayoría de los microbios infecciosos se mueven gracias a un vector (transmisor), que en muchos casos es el mosquito y que también se traslada con nosotros. En España, por ejemplo, se están registrando nuevos casos de malaria –erradicada aquí en 1964– en poblaciones cercanas a los aeropuertos. “Son viajeros que vuelven de vacaciones o de visitar a la familia y que dentro de la maleta, sin saberlo, llevan al mosquito que transmite la malaria. Luego, aquí, pica a personas y las contagia”, destaca Closa. Y ese insecto es, además, capaz de conquistar nuevos territorios del planeta gracias al aumento de temperaturas propiciado por el cambio climático. También puede generar resistencias y burlar así los sistemas de lucha contra él.

Por si fuera poco, la historia se complica aún más cuando estos patógenos tienen un reservorio animal (especies a las que van infectando o en las que viven latentes), como es el caso de la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, que se transmite a humanos a través del ganado; o el MERS (coronavirus causante del síndrome respiratorio de Oriente Medio), que se contagia a partir de los camellos.

A estos factores se suma el hecho de que muchos de los virus son de muy difícil diagnóstico. Como son enfermedades poco frecuentes, muchos centros de salud no cuentan con métodos para detectarlos. Y no sólo pasa en países en vías de desarrollo, también en España. “Aquí quizás sólo hay un par de lugares que podrían identificar un caso de Crimea-Congo”, comenta Muñoz.

“El resultado es que no sabemos qué circula, ni dónde ni cómo, lo que complica que podamos desarrollar tratamientos o aplicar estrategias de prevención para evitar que los brotes se expandan”, se lamenta Plasència, del ISGlobal.

En este sentido, la OMS fundó en 1996 la Red Mundial de Alerta y Respuesta ante Brotes Epidémicos (Goarn), que cuenta con oficinas por todo el planeta que intercambian información acerca de potenciales amenazas a nivel global.

“Los países están obligados a informar constantemente de temas de salud. Y desde el 2007 hay una regulación internacional para los 196 estados integrantes, por la que están obligados a desarrollar unas capacidades mínimas de vigilancia para ser capaces de detectar problemas”, explica desde la sede de la OMS en Dinamarca Jukka Pukkila, jefe de la unidad de alerta y de operaciones de respuesta de la división de seguridad en salud y enfermedades transmisibles, de este organismo para Europa.

Y cuando se detecta un brote infeccioso que puede acabar en epidemia o aparece una enfermedad desconocida, entonces la OMS envía equipos de expertos internacionales a investigar sobre el terreno.

José Muñoz, que ha trabajado durante años en Mozambique y Costa de Marfil, se muestra algo escéptico. Muchas muertes, sobre todo en zonas rurales en países en vías de desarrollo, cuenta este médico, se producen en las casas, sobre todo las de niños, que son seguramente el segmento de población más vulnerable. Y las que ocurren en hospitales, con los métodos diagnósticos precarios de los que se dispone allí, apenas permiten identificar algunas enfermedades. “Sabemos que hay muchas enfermedades circulando por esos países pero que nadie las detecta. Es lo que se llama ‘silencio epidemiológico’”, afirma.

De hecho, añade, “es posible que haya habido brotes importantes de los que no sabremos nunca”. “En Mozambique, donde trabajé durante años –ejemplifica–, vi por ejemplo casos de rabia en niños, una enfermedad que causa la muerte en prácticamente el 100% de los casos y que suele contagiar un mamífero, por lo general un perro. Una vez el virus ha entrado a través de los nervios en el cerebro, produce encefalitis. Muchos de aquellos niños morían en hospitales rurales donde no se les hacía autopsia. Otros, en casa. ¿Cómo va a saber el país que tiene casos de rabia? Además, con 22 millones de habitantes y más de 3.000 km de extremo a extremo del país, la mayor parte rural, el gobierno está totalmente abrumado por otras epidemias, como el sida, la tuberculosis, la malaria, la neumonía, la diarrea”.

En un intento de combatir este desconocimiento, ISGlobal ha puesto en marcha el proyecto Cadmia, cuyo objetivo es justamente saber de qué muere la gente. Y eso tampoco es nada fácil. “Pretendemos diagnosticar las causas infecciosas de las enfermedades y hacerlo de forma sostenible cultural y económicamente, con autopsias mínimamente invasivas en las que extraemos pequeñas cantidades de tejido de los principales órganos del cuerpo para analizarlos. Esperamos que eso nos ayude a disponer de una foto periódica de qué circula, dónde y cómo, para poder prevenir y desarrollar acciones de tratamiento”, afirma Plasència.

Aunque, prever qué va a pasar con los patógenos es muy difícil, sobre todo cuando muchos ni tan siquiera se conocen. “Es curioso y sorprendente que en los países occidentales estemos preocupados por esas enfermedades emergentes, cuando deberíamos prestar atención a las viejas amenazas que vuelven debido a que la gente decide no vacunar a sus hijos”, alerta Pukkila, de la OMS.

Este experto en salud global menciona la polio, el sarampión, la rubeola, que pueden ser eliminadas por completo, como sucedió con la viruela, si la vacunación alcanza a ser universal. “Otro problema grave del que deberíamos ser conscientes es la resistencia a los antibióticos. Un uso abusivo e inapropiado nos lleva a quedarnos sin armas con las que luchar contra las bacterias”, destaca.

La OMS declaró el zika una emergencia de salud internacional, algo que en toda la historia de esta organización sólo había ocurrido en otras tres ocasiones: en el 2009, por el virus de la gripe A, y en el 2014, primero por el poliovirus, causante de la poliomielitis, y luego por el ébola. “Damos la voz de alerta cuando un virus concreto tiene el potencial de expandirse, con implicaciones graves para la salud. También cuando es un patógeno por completo desconocido que resulta alarmante”, explica Pukkila. Recuerda que, por ejemplo, “no sabemos si el mosquito tigre es o no capaz de expandir el virus. Así es que nos estamos preparando para la posibilidad –remacha Pukkila, prudente–. No se trata de alarmar, pero sí de alertar”.

En un mundo interconectado y global, no valen muros ni fronteras, porque los patógenos no entienden de pasaportes. Y la única forma de protegernos, aseguran los expertos, es garantizando que los países en vías de desarrollo tengan la capacidad de detectar posibles amenazas. No es tanto un principio de solidaridad, recalca Plasència, sino de tener en cuenta la epidemiología de las enfermedades y el mundo en que vivimos. “Nuestra autoprotección pasa por la protección y el desarrollo de esos países. Si no es así, no lo conseguiremos”.

FUENTE: Magazine

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