Los primeros ejemplares fueron encontrados en 2009 por Oliver Gros, investigador del Institut de Systématique,Évolution,Biodiversité.
Descubrió unos extraños filamentos blancos adheridos a hojas de mangle en descomposición bajo el agua. Al principio no sabían que clase de organismo era. No fue hasta 2015 en el que Silvina González Rizzo, microbióloga mexicana, realizó los análisis moleculares que permitieron identificar este organismo como una bacteria del azufre.
Más tarde, Jane Marie Volland, uno de los estudiantes que se había formado con Oliver Gros pudo secuenciar el genoma de T.magnífica, así como describir su estructura tridimensional, gracias a los instrumentos de los laboratorios LRC y JGI. T.magnífica presenta una longitud media superior a 9000 micras, lo que nos hace replantearnos el tamaño que pueden alcanzar estos microorganismos. Además, la compleja estructura que se han encontrado en su interior con una distribución inédita del ADN.
Lo habitual en una célula bacteriana es que su ADN flote libremente en el citoplasma, pero en T.magnífica está en compartimientos llamados pepins, orgánulos que también presentan ribosomas y son metabólicamente activos, ya que en los pepins se lee y se traduce en proteínas y además participan en la producción de energía.
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